Demonio

Me atormentan como espectrales apariciones
aquellos rasgos abatidos de mi personalidad,
mas los que conservan su incendiario ímpetu
se desplazan torpes por los recovecos 
de cada interacción que intento sostener
con otro ser humano.

No siempre evoco adrede esa agresión,
esa furia apasionada que me guía 
en mis pesares procurando no ahogarme 
en ellos. Esa que desata en mí las ganas
de dibujar y de escribir y de bailar.
Aveces sólo quisiera arrullarla
y contemplarla a distancia amena.

Es poco probable, poco deseable,
que esto suceda ¿no? - pienso a mi vez -
que sin ella perdería gran parte 
de mi esencia que, aunque iracunda,
me ha dado el temple y la mirada
y el corazón salvaje con el que
ya no quisiera amar a un otro.

Abrazar al demonio implica siempre
perder un brazo, mínimo un dedo.
Se retuerce convulso ante mi torso
que busca su oído para conectar
el palpitar suyo con el mío.
Muerde y sangre que quiere brotar
aleja de mi útero por la inefable gravedad
de las circunstancias.

Quiere ser, y es, y aunque no lo deje,
será; pues una palabra es también
todo lo que no dice ni significa.
No asocia, simplemente se ensambla
en un todo vacío, no así inocuo
ni severo. Se deja ser, aunque no quiera,
pues todo está pensando, incluso lo que
se niega, incluso lo impensado.


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